Un día u otro tenía que suceder. La enorme caseta de obra con mesa para doce comensales, porche propio, barbacoa, encimera con pica y baño para invitados que hiciste construir hace diez años, por fin va a ser estrenada. Tras múltiples subterfugios, excusas y cuentos inverosímiles, como aquella vez que simulaste un secuestro con los invitados en la puerta, te has visto en un callejón sin salida al llegar a casa y encontrarte una fiesta sorpresa con todos tus amigos, incluidos aquellos que llevas veinte años sin ver y ni falta que hacía. Rompiendo el ritual, los invitados se aprestan a darte los regalos antes de cenar. Ya puestos, y con un atisbo de ilusión porque aún eres niño, vas abriendo uno por uno los diez paquetes que hay sobre la mesa de la barbacoa virgen y, uno por uno, te das cuenta de que la noche es monotemática. Pinzas, delantales, encendedores, parrillas... . Todos los regalos están relacionados con esa puta barbacoa que no has encendido en la vida y que ahora, diez ...
La diversión va por dentro