El día del libro en Barcelona es la celebración más
importante del año para un señor de Murcia que lleva años comprando a peso los
mismos libros que luego vende, con portada nueva, a toda esa peña que ni los
abre. Pero si queremos comprender la semiótica de este evento hay que remontarse al París
del siglo diecinueve, donde la intelectualidad más libertina dio forma al ideal
romántico que representa en nuestra mente la palabra “escritor”: un sujeto
proclive a los excesos y que vive intensamente a través de su pluma. Por
ejemplo, cuando va al bingo y luego escribe: “La mujer abrió sus labios carnosos,
delimitados por una fina línea de grafito, y proyectó hacia el aire aquel
número funesto, impar, atravesando el denso espacio hasta llegar a mis oidos. Bingo!, gritó una vaca a mi derecha. El cruel
destino se llevaba las últimas monedas que deberían haber alimentado a mi
familia”. Claro,
luego le ves en el estand de una librería, firmando ejemplares con un elegante
blazer y el pañuelo de seda anudado al cuello, y te das cuenta de que la
penuria más grande que le ha sucedido a ese hombre fue la jubilación de su
sastre.
Todo lo anterior,
más que una crítica a la industria literaria, quiere ser un prólogo a la guía
que ha continuación expongo y que debería orientaros para deambular con éxito
por tan ilustre día.
Si sois autores y
vais de un sitio a otro firmando ejemplares sin parar, no os extrañéis cuando
aparezca el editor y asegure que sólo se han vendido 12 libros. Lo que pasa es
que los lectores son muy puñeteros. Muchos cogen un ejemplar, te lo hacen
firmar porque les da morbo acercarse a alguien que podría ser famoso, y luego
lo devuelven a su estante. La librería no dice nada porque esos libros cogen
más valor. También hay mucho caradura que te lleva una fotocopia mal
encuadernada, pero no es aconsejable montar el pollo delante de todos.
Reacciona con elegancia y averigua dónde vive. Por último está el caso del
lector/a enamorad@. Como ciertos autores son tan tímidos que ni levantan la
vista, puede suceder que te pases una hora firmando ejemplares a la misma
persona. Si en lugar de lápiz utilizas rotulador le costará bastante más borrar
la dedicatoria.
Sois lectores. La
avalancha de inputs, con títulos de todos los colores y sabores zigzagueando
alrededor, puede aturdiros hasta el extremo de terminar comprando “La verdadera
historia de los Teletubbies”. Esto pasa a menudo: la búsqueda exhaustiva nos
conduce con frecuencia a la elección más absurda del universo. Deberemos ser
fuertes y aceptar que no vamos a encontrar el mejor libro del mundo entre tanta
pirotecnia. Seamos, pues, originales. Colocaos una venda en los
ojos y entrad en alguna de esas librerías abarrotadas y con expositores llenos
de libros. Se trata de oler y manosear cuanto podáis. Tal vez guiados por el
tacto y el olfato encontréis esa obra especial, capaz de impresionar vuestro
espíritu lector. Una vez elegida no os quitéis todavía el antifaz. Pagad los
desperfectos y esperad que os envuelvan el libro. Al llegar a casa... ¿qué
sorpresa, eh?
Este es un buen
día para dar la nota. Sólo tienes que colocar en la contraportada del libro más
popular una foto tuya como si fueras el autor -la de facebook no sirve porque
nadie se parece a ella-. Luego te paseas con aire casual por los chiringuitos
de libros con esa obra bajo el brazo y la foto bien visible; procura ir vestido
igual. Enseguida comprobarás cómo las miradas aumentan de intensidad. Y
tranquilo, no hay riesgo alguno. Si alguien conoce al autor e intenta
desenmascararte, muestra asombro e indignación ante ese hecho. Mantente firme,
incluso frente al propio escritor. Cuando empiecen a pedirte dedicatorias se
producirá una alucinación colectiva que haría dudar hasta a su madre.
En Barcelona, el
día del libro es también el de la rosa. Una bonita tradición que ha sufrido los
efectos de la temida burbuja. Venden rosas hasta los notarios. Sin embargo, a
medida que se termina el día la cotización de esta bonita flor se desploma para
desesperación de miles de estudiantes, que de planear un viaje a Estambul con
los supuestos beneficios, terminan cenando en el Kebab de la esquina.
Por último, si te agobian
los espacios grandes abarrotados de gente, esta es la ocasión para esa terapia
de shock que tanto necesitas. Vete a la Casa del Libro, en el paseo de Gracia
y, frente a la puerta del establecimiento, grita “Ken Follet is inside!”; luego
déjate llevar.

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