En esto de la plancha no hay leyes, pero sí
una regla no escrita que nos libera de planchar lo que es de dominio privado. Es
decir, ropa interior y de cama.
Vamos a por la bestia negra de la plancha:
las camisas. Lo ideal sería realizar un by pass entre la secadora y el armario.
En este sentido, es importante ejercitar la observación al ir de compras: busca
en las etiquetas la frase “NO IRON“, porque eso significa que no hace falta
plancharlas (no vale pegar la etiqueta en camisas viejas). Otra opción consiste
en demorar al máximo su lavado, portando siempre un polo de cuello alto bajo la
camisa. Esta alternativa vivió su máximo apogeo en los ochenta (cita
requerida). Si a pesar de todo no te queda más remedio que plancharla, continúa
leyendo.
Si te vas a poner un jersey encima ya tienes
casi todo el trabajo hecho, porque sólo tienes que centrarte en el cuello.
Un maniquí constituye otra opción a tener en
cuenta, porque es mucho más fácil colocarle la camisa y pasar la plancha por
encima.
ATENCIÓN! No intentes cambiarte por el
maniquí, porque si la camisa es estampada se transfieren los dibujos a la piel.
PLANCHAR UNA CAMISA, DE VERDAD
Llegados a este punto tenemos tres elementos
aparentemente incompatibles entre sí: plancha, tabla de planchar y camisa, pero
que deberás conjuntar amigablemente mediante un arcano misterioso que hasta
hace poco sólo conocían las madres: el agua destilada. Si das de beber esta
pócima a la plancha, conseguirás que la máquina se vuelva dócil y coma
mansamente todas las arrugas que encuentre a su paso.
Una vez que comiences con este ritual
doméstico, observarás que su efecto sobre el espíritu es francamente relajante,
a la par que hipnótico. El sonido del vapor, como un rumor mediterráneo, más el
calorcito que va desprendiendo, atemperan el ánimo hasta lograr que mano y
plancha sean una misma cosa (Licencia poética. No tomar en sentido literal).

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