Es Pascua. Una familia tradicional comparte
una deliciosa Lasaña de pato que, aunque nadie lo sepa, incluye pollo.
Todo parece transcurrir con normalidad hasta que, en un momento determinado, el
padre golpea furioso la mesa, conminando a sus hijos a que dejen en paz el
dichoso móvil. Los chavales, dos adolescentes capaces de comer con cara de asco
y, al mismo tiempo, teclear ocurrentes y simpáticos
mensajes, pactan una
alianza transitoria para derrotar al tirano que los engendró y alimenta con el
sudor de su axila. Sin demora, comienzan a lanzar andanadas de improperios,
amenazas geriátricas y coloridos desplantes que terminan por colocar al padre
en su punto de ebullición óptimo. El hombre no lo dice, pero es consciente de que
cinco minutos atrás estaban todos mucho más tranquilos. La madre también lo
piensa, pero como hoy toca mantecao prefiere callar.
"Teclear mensajitos por el móvil mientras se concede la extremaunción se considera un falta de respeto"
Todo tiene su origen en un libro que
recientemente llegó a sus manos. Se trata de un manual de
tecno-urbanidad. En dicha guía, como en tantas otras de corte similar, se
aborda como un problema la interacción del móvil en situaciones ordinarias de
la vida. Hay ocasiones en las que, en efecto, teclear mensajitos por el móvil
puede considerarse una falta de respeto; por ejemplo, mientras se concede la
extremaunción o se está declarando en un juicio. Pero hay otros casos en los
que hablar de más o menos educación es meterse en terrenos ambiguos, hilando
muy fino. Si en tu primera cita, mientras cenáis en un romántico merendero, tu
pareja saca el móvil y se pone a chatear durante, pongamos, quince minutos,
podría pensarse desde fuera que esa persona ganó varios años seguidos en la
feria del capullo, pero a lo mejor te está diciendo, de una manera sutil y
elegante, que no hay futuro en lo vuestro. En el lado opuesto estaría el
espectador a quien le suena el móvil en el momento que la protagonista se
despide de sus hijos en el cadalso, a punto de ser guillotinada. Un “Tiroriro!”
ya desconcentra, pero tiene un pase. Lo malo es si tenemos puesto el estribillo
de “Sobreviviré”, de Mónica Naranjo. El clímax de la película se va
inmediatamente a tomar por culo y el director te manda dos sicarios desde
Hollywood. Si no podemos silenciar el móvil porque el vibrador nos produce un
desagradable reflejo condicionado, queda la opción de colocar una sintonía
cinematográfica que encaje en la temática del filme. Una buena opción, casi de
paso universal, podría ser algún tema de John Barry (Memorias de África).
Tampoco queda bien curiosear los últimos
vídeos cochinos, que siempre incorporan sonido con el volumen a tope, mientras
el cura ensalza la sacrosanta institución del matrimonio ante los novios. Por
muy gracioso que sea ese grupo de whatsapp debes hacer un esfuerzo y contenerte
en el día de tu boda.
De la misma manera que hay un montón de
situaciones en las que no es educado utilizar el teléfono, también existen
otras tantas en las que todo se reduce a una cuestión de sentido común. Imaginemos
el caso de un sofisticado ladrón de joyas. De nada sirve inutilizar alarmas y
echar Rexona sobre el entramado de haces láser para saber por dónde colarse, si
en el momento más delicado nos llama un comercial de Pinchatel para ofrecernos
un móvil sin lactosa o con omega 3. De igual
forma, no es aconsejable mantenerlo activo si estás invadiendo un país, que se
supone que es una cosa que debe hacerse con sigilo (manual para invadir un país).
La conclusión que quiere transmitir este
pequeño manual es que no debemos ser demasiado tiquismiquis con el asunto. Si
compartimos espacio con alguien más interesado en la periferia digital que en
la cercanía corporal, respetemos la opción de esa persona, aguantando pacíficamente
sus misteriosas risitas mientras esperamos que nos atienda. Eso sí, en cuanto
puedas, coge su móvil / configuración / ajustes de idioma / Chino Mandarín.
"La libertad de utilizar un teléfono
inteligente termina donde comienza la tontería del dueño" (Virgilio).
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