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MANUAL DE USO - BODAS




En un yacimiento próximo a Marina d'Or se han hallado vestigios de una celebración nupcial. Los primeros cálculos indican que esta boda se produjo hace aproximadamente doscientos mil años. Un hatillo de finos huesos, seguramente falanges del clan rival, formando un inequívoco ramillete de novia, más un cuenco de piedra, burdamente labrado, con unas peladillas dentro, son interpretados como signos inequívocos de que la raza humana, o lo que quiera que seamos, lleva ya tiempo con las exhibiciones públicas de amor; algo innecesario, por otra parte: con un correo es suficiente. La cosa es que esto no tiene visos de parar. Así que si te llega una invitación de boda difícil de esquivar, ahí van unas pautas que podrían serte útiles.
Investiga bien el nombre de los contrayentes. Podría tratarse de un error en el caso de que no te suenen de nada. Pero, ¡atento! Tal vez sea el hijo de ese cliente importante a quien siempre le cuentas chistes de gays, y que ahora se casa con tu jefe. Más traumático será ver impreso en bonito papel apergaminado tu propio nombre junto al de esa persona que lleva tiempo quejándose de que no le prestas atención. Pongamos, no obstante, el caso más habitual. Se casa un amigo/a.
La despedida. Si eres hombre no hay problema. Este tipo de celebraciones son las más inofensivas del mundo. Embutimos al novio en un disfraz de cerdito, lo colocamos medio grogui en el compartimento de un tren, rumbo a la otra punta del país y a esperar que logre volver para la boda al día siguiente. Ahora bien, si se trata de una despedida de soltera ¡Ojo! En los últimos años la escalada violenta en este tipo de eventos ha sido preocupante. Ciudadanos normales han sido agredidos a determinadas horas de la noche por hordas de hembras que, balbuceando extrañas lenguas, se dedican a satisfacer sus apetitos sexuales sin el menor preámbulo. Son mujeres normales, la mayoría con estudios y un comportamiento exquisito cuando se les cuela una anciana en el mercado, pero es ponerse una gorra con un falo sobresaliendo por encima y el hipotálamo comienza a hacer cabriolas y alegrías. Sí. Sonríes al leer cosas así, pero podría pasarte, créeme. Mi consejo es que salgas con tres pantys y nariz postiza.
Por si no lo has hecho ya, es el momento de configurar tus perfiles sociales impidiendo que nadie pueda etiquetarte. "Etiquetar" es una palabra que define el acto simbólico de asociar un calificativo a alguien, pero también significa colocar una flecha bien grande en las Redes señalando tu cara. Ahora imagina que una amiga tan simpática como simple escribe tu nombre bien visible en una foto de la boda, tramo final, en la que se te ve elegantemente espatarrada en el párking del restaurante, con la braga remetida y el careto inconsciente sobre una alfombra de ensaladilla predigerida. Estos son los documentos preferidos en recursos humanos.
Pero no adelantemos acontecimientos. Tú, como amiga especial de la novia, llegas casi tan radiante como ella, porque en un gesto de fair play que te honra has evitado sacar el cien por cien de tu arsenal; un poco como si frenaras en los últimos metros para dejar que la novia cruce la primera en esa carrera tan especial que es el matrimonio entre dos o tres personas. En este momento estás soltera, prefieres no comprometerte o tu novio está cerrando un trato millonario en Shangai, son respuestas a la misma pregunta, dependiendo de quién la realice. Es bueno llevar ensayadas cosas así, porque a medida que avanza la celebración ciertas áreas mentales se relajan. Quédate además con tres personajes básicos:
-Madura, elegante y con personalidad ante el atractivo cincuentón que parece suelto.
-Chispeante, moderna e inteligente ante el joven que huele a startup.
-Segura, impenetrable y antipática ante el amigo sobón de un exnovio. 
Luego están los camareros. Unas personas como nosotros, pero inmunes a la espantosa risa de la señora del fondo. En su lugar todos haríamos lo mismo: intentar emborrachar al mayor número posible de gente. Pero cuidado; hay quien no lo hace sólo por diversión. Cuando acaban el turno, algunos se colocan el uniforme de su segundo trabajo y esperan a la salida para hacerte soplar. Por eso mantienen nuestras copas siempre llenas.
Por último está lo del ramo. Tú no crees en esas cosas, pero tampoco pasas por debajo de escaleras ni te metes con la bruja del parque, así que entre risas de suficiencia, como si estuvieras por encima de la debilidad humana, te vas posicionando con suavidad y firmeza entre los primeros puestos de recepción. Cuando la novia lanza el ramo ya estás en modo tómbola, dispuesta a llevarte ese peluche a costa de lo que sea. Tras una parábola llena de suspense, el trofeo llega finalmente a tus manos, un metro más a la derecha de tu posición inicial, lo que explica que varias damas de honor y la tía soltera estén apelotonadas sobre el parterre junto a la escalinata. Más tarde, cuando veas los manchones de barro en sus faldas plisadas te entrará la risa.
Es mediodía, si has tenido en cuenta este pequeño manual, al entreabrir uno de tus ojos descubrirás sobre la mesita de noche las pruebas del éxito: varias tarjetas con números de móvil, el menú de la boda con una croqueta aplastada dentro, seis cucharillas de postre, el móvil de alguien que no paraba de hacer fotos y el ramo de la novia, que estuvieron a punto de quitarte por ser hombre. Toda la satisfacción almacenada en tu cuerpo, desde el sí de la novia, se concentra en un sonoro cuesco que dejas escapar con la plenitud del nuevo día, y una tos seca, inmediata, te avisa de algo inquietante: hay alguien más en tu cama.

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