Debemos unirnos todas las criaturas de la
tierra para, unas en la jaula del laboratorio y otros en la terraza del bar, intentar
erradicar la enfermedad y las arrugas de nuestra vida. Sin embargo, y a pesar
del cuidado que ponen algunos laboratorios en subsanar los fallos a base de sobornos, la mayoría de remedios incorporan letra pequeña, más conocida como
letrina. Ahí, junto a la composición e indicaciones, se detallan una serie de efectos adversos con un estilo propio de Stephen King. ¿Pero, de dónde sale esa lista?
Uno de los actores más importantes en el
proceso que supone la investigación de un fármaco, hasta que llega a nuestro
botiquín, es el voluntario que por una mísera cantidad de dinero se ofrece como
conejillo de indias. De sus
convulsiones han nacido fármacos milagrosos, pero también especies nuevas que, para disimular, los científicos
dicen haber descubierto en una isla de Borneo; pero no, se llaman Juan
Sinblanca y ahora sólo digieren la caña de bambú. Pensando en ellos, adjunto
varios consejos y revelaciones para orientarles un poquito más:
- Para empezar, cuando os pregunten el motivo de que participéis en el estudio no pongáis nada de “salvar a la raza humana” ni chorradas de esas. Buscan gente normal, así que escribid con letras bien grandes “POR LA PASTA”.
- No forcéis las cosas si no encajáis en el target del proyecto. Conozco a alguien que se rapó al cero porque buscaban calvos para experimentar un crecepelo. Como fue el único a quien pareció funcionarle, lleva cuatro años encerrado en la planta de expedientes X.
- No os hagáis el simpático porque los ensayos son doble ciego y nadie sabe qué te mete.
- Haz cálculos nada más llegar. Si la prueba dura varios días, sois treinta y en el dormitorio sólo hay diez camas, alerta roja.
- Por último, selecciona un poquito el tipo de laboratorios. Busca información en Google. Desconfía ante anuncios como “Vuscamo boluntarios prueba medicamento, buen riñónes, hígado y resto vísceras. Soltero hombre, mujer. No familia No amigos”

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