Manual de saludo y presentación
Así es la vida, una lista de nombres que van señalizando nuestro recorrido hasta el cementerio. Algunos no los olvidaremos nunca y habrá otros que jamás recordaremos, como el de ese tipo que nos cruzamos mil veces cada día y nos importa menos que las palomas del parque, pero como somos educados le devolvemos el saludo. Un día nos lo encontramos con su despampanante mujer y a partir de entonces hasta le contamos chistes. Llevamos haciendo lo mismo desde el neolítico.
Una de las principales reglas de
urbanidad que nos enseñan -y la primera que olvidamos- es que debemos
recordar el nombre de la persona que nos presentan. Luego nos
arrepentimos de no habernos esforzado más cuando nos lo encontramos al
salir del cine; que si vamos solos no hay problema, le soltamos un
“Hola, majo!” y sanseacabó. El conflicto aparece si nos acompaña
alguien; entonces la cortesía más elemental en primates obliga a las
presentaciones de rigor. Ahí te bloqueas, porque la ruleta de la fortuna
comienza a girar entre Alfonsos, Albertos y Robertos, o entre Miriams,
Mireias y Marías. Finalmente te conviertes en un autista venido de otro
planeta que solo responde con monosílabos y, tras dos minutos tensos
como pómulos de actriz, el conocido sin nombre se aleja mosqueado ante
la extraña presentación que has improvisado. “Raquel, ¿recuerdas ese tío
tan simpático del que te hablé? Pues aquí lo tienes”.

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