Para empezar, y por mucho que se hayan
relajado las normas de etiqueta en el Liceo, si vas a la ópera deja las chanclas en casa. Tampoco es prudente cenar copiosamente. El cuerpo debe hallarse
ingrávido, despiertos los sentidos y receptivo el espíritu. Un cochinillo
crujiente relleno de foie y ostras, antes de acudir, no es la mejor opción.
Puede ser que el estereotipo que tengas de
este espectáculo salte por los aires ante la versión del moderno de turno,
capaz de colocar a los personajes de la Traviata en una fiesta de la espuma.
Reprime tus impulsos de soltar una carcajada. Aunque te parezca que sí, ese
atrevido montaje no busca hacer reír al público, sino irritarle. Observa con
respeto la entrada en escena del orondo tenor, con unos años ya, llegando en
skate al escenario y a un tris de terminar en el foso de los músicos si no es
porque la soprano le detiene. Ese hombre es un profesional que acepta siempre
cualquier reto con tanta humildad como pasión. Pero no te confundas, la ópera
es un arte antiquísimo que tiene sus rituales y costumbres. Ni se te ocurra
pasear la llama o la pantalla del móvil en lugar de aplaudir.
Dicho lo cual, asistir a la ópera también
puede representar un lugar donde trabar interesantes amistades. Si tienes la
fortuna de sentarte junto a una persona atractiva y sin pareja, abre una bolsa
de kikos y ofrécele unos cuantos. Seguro que a partir de ahí surgirá una
animada conversación que podría llevar a algo más.

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