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MANUAL DE USO - ARTE CONCEPTUAL

Sólo por las innumerables chanzas que un artista conceptual ha de aguantar a diario, creo que no compensa dedicarse a esto. Levanta una enorme torre de seis metros de altura con las ñordas de perro que sus dueños no recogen; convence al director del museo de que su exposición de arte contemporáneo necesita algo así; hazte el histérico cuando los operarios trasladen la escultura hasta la sala principal y pégales bronca si desordenan los cagarros. Finalmente, retrata con el móvil las arcadas de la gente el día de la inauguración y aguanta con flema el chorreo de insultos. Nadie sabe lo que cuesta idear algo así, ni alcanza a comprender la gracia del proceso, su conjunto. Ahí se dan la mano la miseria y la grandeza del artista, que en la mayoría de casos sólo se alimenta con el reconocimiento imaginario de las generaciones venideras y los pinchos resecos que le pasan en el bar de la esquina. Incluso algunos han hecho del fracaso su mayor creación, aunque los críticos no se ponen de acuerdo en si un vagabundo sin obra puede considerarse artista. En mi opinión, si alguien describe su miseria como "Elogio de la pereza", puede afirmarse que maneja bien los conceptos. Otra cosa es que sean positivos.
El 50 por ciento de un verdadero artista conceptual es actitud, fachada. Pasa con todo. Nadie se gastará 5000 euros en una pulsera si en la misma tienda se venden bragas de ortopedia color carne. Es un hecho. Aunque eso también podría constituir arte conceptual, con lo que entraríamos en un bucle. A lo que íbamos. La postura es esencial. Alguien así debe transmitir la impresión de ir varios años por delante. Si un periodista le pregunta su opinión sobre algo, soltará una frase inconexa pero enigmática, tipo “La chorra de Quevedo era más larga que la de Pío Baroja“. Por supuesto, es imprescindible poseer rapidez mental; saber que, si tropiezas en el vertedero con un trozo de muñeca y una cabeza de rata momificada, tendrás ahí una perfecta alegoría de la factoría Disney.
Resumiendo. Personalidad e ingenio desbordantes, amplias tragaderas y un estómago a prueba de bomba, son atributos necesarios si un día quieres llegar a vender por cien mil euros una urna de metacrilato con una rodaja de chorizo en su interior.

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